Pablo escribió a los cristianos de Corinto: «Dios no es un Dios de confusión [akatastasía], sino de paz» (1 Cor. 14:33, RVR60). En otras versiones, la
LECCIONES DE PABLO SOBRE LA PAZ DEL ESPÍRITU EN LA VIDA CRISTIANA
Pablo escribió a los cristianos de Corinto: «Dios no es un Dios de confusión [akatastasía], sino de paz» (1
Cor. 14:33, RVR60). En otras versiones, la
palabra «confusión» se traduce como
«desorden», «tumulto» o «inestabilidad». Esta afirmación nos muestra un
principio fundamental del carácter de
Dios: Él ama y desea el orden, la estabilidad y la armonía en la vida de sus hijos.
En la Biblia, tanto en el Antiguo como
en el Nuevo Testamento, se utilizan figuras del lenguaje como el contraste (comparación de dos cuestiones opuestas) y la
antítesis (oposición o contrariedad de
dos afirmaciones) para enfatizar una verdad. Un ejemplo claro se encuentra en el
Salmo 1, donde el justo es comparado
con un árbol plantado junto a corrientes
de agua, mientras que los impíos son
como paja seca arrastrada por el viento.
Mediante estos contrastes, la Escritura
nos ayuda a comprender la verdad espiritual, permitiéndonos reflexionar sobre
nuestras propias vidas y las decisiones que
tomamos a diario.
Para entender qué elementos se oponen al fruto espiritual de la paz en la enseñanza de Pablo, vamos a examinar el capítulo 8 de Romanos, utilizando la expresión «versus» (vs.) para destacar los
contrastes que encontramos:
«Los que viven conforme a la carne fijan la mente en los deseos de la carne; [vs.] en cambio, los que viven conforme al Espíritu fijan la mente en los deseos del Espíritu» (Rom. 8:5).
«La mente gobernada por la carne es muerte, [vs.] mientras que la mente que proviene del Espíritu es vida y paz» (Rom. 8:6).
La paz se contrapone a una mente
dominada por la carne, y el resto del capítulo 8 desarrolla esta temática, abordando factores que obstaculizan o favorecen la paz. Comprender estos contrastes nos
permite captar el mensaje que Pablo intenta transmitir: la vida en el Espíritu es la
fuente verdadera de paz, mientras que la
vida según la carne conduce a la agitación, el miedo y la incertidumbre.
Contextualizando
En tiempos recientes, fuimos testigos de
cómo la pandemia del Covid-19 generó
confusión y alteró la paz de muchos cristianos. La incertidumbre sobre el futuro,
el confinamiento, la crisis económica y la
imposibilidad de realizar reuniones fueron fuentes de inestabilidad. Pocos períodos han generado tanta incertidumbre y
dificultades en los cristianos para interpretar los acontecimientos a la luz de la
Biblia.
Un tema que quitó la paz de muchos
fue la discusión sobre las vacunas —una
controversia que, increíblemente, persiste
hasta hoy—. Algunos se alarmaron ante la
posibilidad de un complot para disminuir
la población mundial o incluso para
«marcar» a la humanidad de manera irreversible. He visto a personas airadas y profundamente divididas por este tema, al
punto que algunas iglesias y comunidades
de fe acabaron por fragmentarse.
En mi caso, me han aplicado varias
dosis de la vacuna, mientras que en mi
casa, mi suegro decidió no recibir ninguna. Ambos estamos vivos gracias a Dios.
Respeto la postura que cada persona tenga respecto a este tema, pero creo que no
vale la pena discutir ni pelearnos por ello.
Lo esencial es preservar la paz. Las diferencias de opinión no deberían llevarnos a la
división, pues el llamado del evangelio es a
la unidad en Cristo.
Recomendaciones de pablo para mantener la paz
Pablo ofrece consejos concretos para cultivar la paz en la vida cristiana:
«Si se enojan, no pequen. No permitan que el enojo les dure hasta la puesta del sol […] Abandonen toda amargura, ira y enojo, gritos y calumnias y toda forma de malicia. Más bien [vs.], sean bondadosos y compasivos unos con otros y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo» (Ef. 4:26-32).
Pablo contrasta la bondad, la compasión y el perdón con la amargura, la ira, el
enojo, las calumnias y toda forma de malicia. Ya habíamos visto en Romanos 8:6
que la mente carnal se opone a la paz. Por lo tanto, pienso que todo lo que quiere
quitarnos el fruto de la paz está relacionado con nuestros pensamientos, aunque
estos generalmente se traducen en acciones. Es importante revisar constantemente nuestras actitudes y pensamientos,
pues de allí se origina nuestra manera de
vivir. Le recomiendo aquí volver a revisar
los artículos anteriores, sobre cómo es
que Dios produce en nuestras vidas la
paz.
Lo principal es tener claro en nuestra
mente que somos hijos de Dios, que hemos sido salvos por Jesucristo; comprender y vivir el evangelio de las buenas noticias de Jesucristo, esto produce paz.
«Y ustedes no recibieron un espíritu que de nuevo los esclavice al miedo, [vs.] sino el Espíritu que los adopta como hijos y les permite clamar: “¡Abba! ¡Padre!”. El Espíritu mismo asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, pues si ahora sufrimos con él, también tendremos parte con él en su gloria…» (Rom. 8:15-17).
Y termina el capítulo 8 dándonos soluciones concretas y contundentes al
tema del problema de la pérdida de la
paz, en los versículos 28-39:
«Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito […] ¿Qué diremos frente a esto? Si Dios está de nuestra parte, [vs.] ¿quién puede estar en contra nuestra? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no habrá de darnos generosamente, junto con él, todas las cosas? ¿Quién acusará a los que Dios ha escogido? [vs.] Dios es el que justifica. ¿Quién condenará? [vs.] Cristo Jesús es el que murió e incluso resucitó y está a la derecha de Dios e intercede por nosotros. ¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación o la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro o la espada? Sin embargo, [vs.] en todo esto somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Pues estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni lo presente ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni cosa alguna en toda la creación podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor» (Rom. 8:28, 31-39).
Nada puede separarnos del amor de
Cristo, y esto nos da una paz inquebrantable. Pablo nos recuerda que ni la tribulación, ni la angustia, ni la persecución, ni la
muerte pueden apartarnos del amor de
Dios. Esta certeza nos fortalece en tiempos de adversidad.
Consejos prácticos finales
Concluyendo, colocamos una serie de
consejos cortos y prácticos de Pablo para
la vida cristiana relacionados al fruto de la
paz, en Filipenses 4:4-7:
- «Alégrense siempre en el Señor. Insisto: ¡Alégrense!
- »Que su amabilidad sea evidente a todos.
- »No se preocupen por nada. El Señor está cerca.
- »En toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias.
- »Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús».
El mensaje del Espíritu es claro: confiar en
Dios nos da paz. Como dice un proverbio
chino: «Si tiene solución, ¿por qué te
preocupas? Y si no tiene solución, ¿por
qué te preocupas?». Los hijos de Dios sabemos que, con Cristo, todo está bajo
control.
En las pequeñas cosas de la vida diaria,
también debemos ejercitar el fruto de la
paz: en las redes sociales, en el deporte,
con los vecinos molestosos, al conducir, o
incluso cuando esperamos el ómnibus
que parece no llegar nunca.
Y finalmente, le dejo a usted una pequeña tarea. Tome un papel y un lápiz, y
realice dos listas: una de cosas que fácilmente le hacen perder la paz, y otra de cosas que usted puede hacer para que este
fruto del Espíritu continúe desarrollándose en su vida y en su carácter. El Señor nos
bendiga y nos llene de su paz.
Fuentes consultadas
- Graham, Billy (2003). El secreto de la paz personal. Grupo Nelson.
- Mora Paz, C. A. (2009). La antítesis y el contraste, características del pensamiento de Pablo. Medellín: Biblia, Teología y Pastoral para América Latina y el Caribe, 35(137), 93–116. Recuperado de <https://is.gd/HKnURt>.

