Cómo superar los sentimientos de inferioridad

Jesús se identifica en el evangelio de Juan como el buen Pastor que da vida en abundancia. Prec...



Jesús se identifica en el evangelio de Juan como el buen Pastor que da vida en abundancia. Precisamente esta vida abundante es lo opuesto a los sentimientos de inferioridad, en los cuales muchos están enredados. La ausencia de vida en abundancia se manifiesta en una identidad deteriorada. El camino para superar esta fragmentación en la identidad consiste en un proceso, donde sí está al alcance la vida y la madurez que Jesús prometió. 

 La fragmentación 
Cuando Dios creó al ser humano, éste se caracterizaba por ser íntegro. Con la caída entra la fragmentación en todas las esferas de relacionamiento; también de la imagen que tiene cada persona de sí misma. Mayormente, una persona con baja autoestima hiere a los demás porque quiere protegerse a sí misma, por temor a que le superen. Se caracteriza frecuentemente según lo expresa el siguiente refrán: “Cuán pequeña ha de ser la persona que para ser grande necesita pararse encima de otros”. Se daña a sí misma como a los que le rodean.

Fuentes determinantes de la imagen propia 
 Es impactante cómo puede estar determinada la conducta de una persona, como también el concepto que tiene de otros, según se ve a sí misma. Pr 23.7 subraya también esta verdad: “Porque cuál es su pensamiento en su corazón, tal es él”.

Existen cuatro fuentes que ayudan a una persona a desarrollar un concepto de sí mismo: 
  • Primero, el mundo externo Se refiere a toda experiencia vivida hasta el momento. Especialmente tiene que ver con cómo la persona percibe a su entorno. El entorno inmediato funciona como un espejo que influencia la imagen de uno mismo. Las reacciones de las personas que son de importancia para él van formando su imagen, particularmente los miembros de su propia familia. Por ejemplo, un papá con poco tiempo disponible para el hijo puede transmitirle que no él es importante.

  • Segundo, el mundo interno Cada niño que nace es diferente de otro. Por otro lado, sabemos de la Palabra de Dios que cada persona nace con una naturaleza que se inclina a hacer lo malo y precisa del perdón de Dios para desarrollar el potencial imaginado por Dios. Como consecuencia de esta naturaleza, los padres pueden cometer errores al educar a sus hijos. Pueden ser egocéntricos y, lo peor, condicionar su amor para sus hijos. En la mayoría de las veces, esta realidad conduce a una persona a pensar en su interior que los otros están bien pero él no. 



  • Tercero, el enemigo El enemigo es descrito en la Biblia como un mentiroso (Jn 8.44) y como acusador (Ap 12.10). Él utiliza nuestros sentimientos como herramienta para denigrarnos e intimidarnos. Como acusador, implementa todo su potencial buscando debilitar nuestro poder y nuestra identidad obtenida en Cristo. Así también busca cegar nuestros sentidos para que no desarrollemos los dones prometidos por su Espíritu. 

  • Cuarto, la Palabra de Dios Aquí se trata de que adoptemos en fe aquella identidad que hemos obtenido en el momento que aceptamos a Cristo. En Cristo llegamos a ser hijos legítimos de Dios. El apóstol Pablo esclarece esta verdad con exactitud en Efesios 5.28-29. El matrimonio tiene conflictos en su relación cuando no parte de un sano concepto y valoración de sí mismo, y lo mismo vale para otras relaciones interpersonales. 
 
Sentimientos de inferioridad versus sumisión cristiana 
La Biblia llama a llevar una vida de sumisión, a renunciar a los intereses personales y a servir al prójimo. En este sentido, la sumisión no significa rechazarnos a nosotros mismos. Negarse no es igual a despreciarse. Sumisión implica tener un concepto saludable de quién es Dios como Padre y quién soy yo como hijo. Teniendo todo en Él puedo despojarme de mí mismo para ganar en mis relaciones con los demás.

Adoptar el concepto de Dios sobre mi vida Superar los sentimientos de inferioridad consiste en adoptar aquello que Dios piensa de sus hijos. ¿Qué derecho tenemos de estimarnos menos de lo que Él nos estima? ¿De dónde queremos determinar nuestro valor como personas? ¿De nuestra infancia, de experiencias frustrantes?

No, adoptemos en fe y confianza el cómo Dios nos ve en Cristo. Romanos 12.2 nos desafía a renovar nuestra mente para que cambie nuestra manera de vivir. Entremos en el proceso de cambiar nuestra mente ante las mentiras que nuestro pasado, nosotros mismos y el enemigo nos desean imponer. Conclusión Jesús estaba queriendo devolver al ser humano la vida en su totalidad, así como era antes de la caída. Esta vida abundante está a nuestro alcance.

 Por Paul Hiebert El Mag. Paul Hiebert es pastor, profesor de Formación Espiritual y capellán en el Centro Menonita de Teología Asunción (CEMTA). Está casado con Daniela y tiene cuatro hijos.

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