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La iglesia y la comunión entre diferentes grupos socioeconómicos

La pastoral de la Iglesia relacionada a las diferencias socioeconómicas de los miembros ha sido un t...

La pastoral de la Iglesia relacionada a las diferencias socioeconómicas de los miembros ha sido un tema
escasamente abordado, a pesar de que desde sus inicios la Iglesia de Cristo ha sido integrada por personas de todas las clases sociales y posibilidades económicas. No era algo insólito que a una reunión de la iglesia llegara «un hombre vestido con ropa elegante y joyas costosas y, al mismo tiempo, entra una persona pobre y con ropa sucia» (Stg 2.2 NTV).
 La escena descrita por Santiago se ha repetido siempre y, frecuentemente, ha provocado una suerte de favoritismos en la iglesia. No se trata meramente de a quién ofreceremos el asiento más cómodo. Es también una problemática que afecta al trato del pastor con la congregación.
¿Quién de los dos hombres de la escena de Santiago accedería más fácilmente a una entrevista de consejería pastoral?


Dios y las clases sociales 
 Dios reconoce la legitimidad del progreso económico logrado con el trabajo y la obediencia —«él es quien te da el poder para producir esa riqueza» (Dt 8.18 NVI)—, así como defiende el derecho a la propiedad privada —«No robes» (Éx 20.15). Pero también, especialmente en las disposiciones de la Ley y el ministerio profético del Antiguo Testamento, se pronuncia por la justicia social y la convivencia basada en el derecho y la misericordia.
 El Señor nunca admite que los menos afortunados sufran ante el desinterés de los más pudientes, especialmente de los líderes: «Si hay un menesteroso contigo, uno de tus hermanos ... no endurecerás tu corazón, ni cerrarás tu mano a tu hermano pobre, sino que le abrirás libremente tu mano, y con generosidad le prestarás lo que le haga falta para cubrir sus necesidades» (Dt 15.7-8 LBLA).

La Iglesia, una comunidad donde se superan las clases 
 La Iglesia no es meramente un grupo de individuos más o menos unidos por algún convenio. ¡“Somos” una comunidad... y tenemos comunión! En el Nuevo Testamento, el término más expresivo para describir esta vida en común es el vocablo griego “koinonía”. Esta palabra, junto con otras que se derivan de ella, aparece en el Nuevo Testamento unas cincuenta veces, y significa básicamente “aquello que se tiene en común”.
Algunas de las formas en que se ha traducido son: comunión, tener en común las cosas, compartir, participar, compañerismo, generosos, contribución, ofrenda, ayuda mutua... Notablemente, la mitad de las veces que aparece, “koinonía” se refiere a compartir en el ámbito espiritual, mientras que la otra mitad de las menciones se refiere a compartir en la esfera de lo material. Tiene que ver con compartir una vida en común en todos los niveles de la existencia y la experiencia: espiritual, social, intelectual, económico, etc.
Este aspecto de la naturaleza de la Iglesia derriba y supera todas las diferencias entre sus miembros, incluyendo las diferencias socioeconómicas: «Todos fuimos bautizados por un solo Espíritu para constituir un solo cuerpo —ya seamos judíos o gentiles, esclavos o libres» (1 Cor 12.13 NVI). «En esta nueva naturaleza no hay griego ni judío, ... esclavo ni libre, sino que Cristo es todo y está en todos» (Col 3.11).
 Otra forma de expresar este concepto de comunidad de la Iglesia en el Nuevo Testamento es el uso del término “hermanos” —aparece unas doscientos cincuenta veces en los Hechos y en las epístolas. “Hermandad” significa amor y responsabilidad mutua, plena participación de todos en la familia de Dios.
 En la Iglesia, las relaciones éticas fundamentales, que habían sido destrozadas por la entrada del pecado, ahora son renovadas por el Espíritu Santo. Gracias a esta maravillosa restauración de las relaciones éticas, los miembros de la Iglesia —esta comunidad de la redención— ya no nos exigimos los unos a los otros, seamos ricos o pobres, sino que nos damos mutuamente. Somos hermanos.

La pastoral y las clases sociales en la Iglesia 
 ¿Cuáles presuposiciones teológicas acerca de las relaciones ético-sociales han de guiar al pastor en su ministerio? Él necesita pastorear tanto al hermano de condición humilde como al hermano más pudiente. Ambos necesitan ser orientados para conocer la voluntad de Dios y la manera en que ellos, como miembros en común, pueden ser de bendición el uno para el otro y para todo el cuerpo.
1. El hermano que goza de mayor comodidad económica necesita comprender el potencial de bendición y oportunidad que representa: «A los ricos de este mundo, mándales ... que hagan el bien, que sean ricos en buenas obras, y generosos, dispuestos a compartir lo que tienen» (1 Tim 6.17-18 NVI).
2. El hermano con menos posibilidades económicas necesita comprender la alta posición que disfruta en el reino de Dios. «El hermano de condición humilde debe sentirse orgulloso de su alta dignidad», ya que «¿no ha escogido Dios a los que son pobres según el mundo para que sean ricos en la fe y hereden el reino que prometió a quienes lo aman?» (Stg 1.9; 2.5). Pero también necesita superar ciertos prejuicios: tener dinero no es pecado en sí mismo, sino el amarlo (1 Tim 6.10). Un cristiano puede progresar económicamente y ser al mismo tiempo honesto y temeroso de Dios.
 En resumen, el relacionamiento en la Iglesia entre hermanos de distintos grupos socioeconómicos es un asunto del corazón. Puede ser cultivado, alentado y practicado en el amor del Espíritu Santo, porque Él restaura las relaciones ético-sociales en el contexto de la comunidad cristiana. Ambos grupos necesitan desechar prejuicios sobre el otro (y sobre sí mismos). La tarea pastoral es importante, y debe consistir en fomentar la comunión, el compañerismo, e incluso el trabajo unido.

 Fuentes: 
• “Sociología de la Iglesia” por Dietrich Bonhoeffer.
• “Renovación de la Iglesia” por Juan Driver.

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