¡Soy un hombre, no necesito un pastor!

Tema: El pastoreo intencional de los varones de la iglesia

Hablar de la necesidad que tiene todo varón de ser pastoreado y de cómo debe serlo, implica considerar tres aspectos fundamentales:
• ¿Verdaderamente necesito un pastor?
• ¿Cómo debería ser el trato del pastor?
• ¿Comprendo la perspectiva bilateral de ser pastoreado y pastorear?

El ser humano históricamente ha sucumbido a la tentación de creerse autosuficiente, su tendencia natural ha sido vivir de manera independiente a los mandatos del Creador. Esta conducta se registra a lo largo de las Escrituras. Sin embargo, esta pretensión de autosuficiencia e independencia se ve especialmente marcada en el género masculino, el varón.

La necesidad de pastorear a los hombres

El pastorear ovejas es una actividad tan antigua como la humanidad. En Génesis 4.2 se registra que Abel se dedicaba a pastorear (ra ́ah, en hebreo). El concepto básico de ra ́ah es alimentar, apacentar o cuidar. Implica el dirigir y proteger de los peligros.

Siendo un Padre amoroso, cuyo corazón anhela comunicarse con Su creación, Dios se vale de una figura sencilla y didáctica como el pastoreo de ovejas para graficar Sus cualidades como Buen Pastor y la necesidad del hombre de ser guiado.

Si el varón fuera capaz de vivir una vida independiente de su Creador, el rey David no declararía en el Salmo 23.1–2: “Jehová es mi pastor, nada me faltará; en lugares de delicados pastos me hará descansar”. Allí Dios se revela como un Pastor poderoso, proveedor, cuidadoso, que alimentará y dará reposo, en primera instancia, a un varón.

Si bien cada pastor procura pastorear a su congregación entera, y se supone que lo hace siempre con intencionalidad, hay un sentido en el que los hombres de la congregación necesitan ser pastoreados de una manera intencional y directa. Aquí algunas razones, entre otras:
• Son líderes naturales, y como tales otras personas dependen de ellos, empezando por su familia.
• Necesitan estar preparados para ejer- cer fielmente su rol espiritual en el hogar y la iglesia.
• Enfrentan a diario diversas presiones y tentaciones en el campo de la integridad personal.
• Les cuesta más compartir sus proble- mas y expresar sus luchas internas.
• Como hemos dicho, el varón es más propenso a sentirse autosuficiente y tomar decisiones por sí solo.

Los hombres necesitamos ser pastoreados. 
En los inicios de mi vida cristiana, Dios puso personas que me enseñaron esta verdad. Pasaron los años y alcancé diferentes posiciones en el ministerio y el liderazgo, pero nunca dejaré de necesitar el apoyo y la sabiduría de un mentor, a quien rendir cuentas de mis actos. ¡Aun siendo pastor, todavía necesito ser apacentado!

Vivimos hoy una revolución tecnológica, en donde las redes sociales nos saturan y nos hacen vulnerables a mucha exposición pública, motivo por el que muchos optan por el aislamiento. Como resultado, muchos hombres —incluso líderes— que se encuentran atrapados en profundos problemas matrimoniales, familiares o ministeriales, en adicciones escondidas, como la pornografía o re- laciones insanas, no encuentran el soporte y la ayuda adecuada. A pesar del avance actual de las comunicaciones, tenemos demasiados hombres cristianos que no están siendo pastoreados eficazmente.

Cómo pastorear a los hombres

Jesús es el Buen Pastor, el que dio Su vida por las ovejas, el Príncipe de los pastores. ¡Indiscutiblemente el mejor ejemplo de pastor y cómo pastorear a los varones! En esta ocasión, me enfocaré en dos virtudes del corazón pastoral de Jesús, que son de gran necesidad al ministrar a otros varones: mansedumbre y humildad.

Por definición, la mansedumbre es la virtud que modera la ira, un proceso por el cual la persona logra vivir en paz y hace cesar las ofensas. Por otro lado, la humildad es la actitud de quien reconoce su dependencia de Dios y se somete o se rinde a una instancia superior. Es lo opuesto al orgullo o la presunción.

Es importante que como pastores sepamos alentar, instruir, desafiar y corregir a nuestros hermanos varones con mansedumbre y humildad. Ser pacientes con sus debilidades y caminar con ellos al ritmo que pueden ir, sin pretender un aura de superioridad espiritual que no tenemos, como si estuviéramos libres de las luchas que ellos enfrentan. Por supuesto, eso no quita que en ocasiones debamos hablar con ellos “de hombre a hombre”, siendo claros y directos, pero implica que lo hagamos con un corazón manso y humilde, como lo es el de nuestro Señor.

Observando el ejemplo del encuentro de Jesús con Pedro, luego de la resurrección, podemos ver que el Señor demostró estas preciosas cualidades. No hubo reclamos, por haber sido negado, ni siquiera se lo recordó. Su enfoque lleno de gracia se centró en Pedro como oveja y Pedro como futuro pastor. Al confrontarlo, no hubo alardes ni intenciones de incomodarlo o avergonzarlo, manifestando así el trato que debe caracterizar a un pastor.

La perspectiva bilateral de ser pastoreado y pastorear

El varón, como hijo de Dios, necesita ser pastoreado siempre; y aquel que lo pastorea ha de manifestar mansedumbre y humildad en el desarrollo de su ministerio. Un cuidado atento y amoroso implica ganarse la confianza de la oveja (Jn 10.2–3), brindando un acompañamiento cercano, ofreciendo la comida espiritual más excelente posible, la cual es la enseñanza fiel de la Palabra de Dios.

Como ovejas del Buen Pastor, los pastores también necesitamos ser apacentados para el crecimiento. A medida que esto ocurre, estamos llamados a brindar soporte y contención a nuestros hermanos varones que han sido puestos bajo nuestro propio cuidado pastoral. Mientras vivamos, necesitaremos ser pastoreados, y mientras lo seamos también podremos apacentar adecuadamente a las ovejas de nuestro redil, otorgando confiabilidad en mansedumbre y humildad.

Apropiémonos de aquella pregunta desafiante: “Volvió a decirle la segunda vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Le dijo: Pastorea mis ovejas” (Jn 21.16).

Por Cristian Schmidt Quellmalz
Contacto: fundadaenlaroca@hotmail.com

Es coordinador de “Hombría al Máximo”, de la fundación Principios de Vida. Nació en Asunción, Paraguay, en diciembre del año 1972. Casado con Liliana Torres desde 1994, juntos han formado una familia numerosa con 8 hijos. Fue pastor fundador de la iglesia hija del Centro Familiar de Adoración (2000–2006) en Nueva Italia. Actualmente es miembro del cuerpo pastoral de la Iglesia Evangélica Bautista Nueva Italia, desempeñándose como uno de los encargados del ministerio evangelístico de la iglesia. De profesión avicultor, desarrolla también actividades seculares en el campo de la producción avícola para una reconocida marca del rubro.

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¡Soy un hombre, no necesito un pastor!
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