Cómo cambia Dios nuestras vidas

Entendiendo nuestro proceso de transformación  John Newton (1725-1807) es más conocido por su he...

Entendiendo nuestro proceso de transformación 

John Newton (1725-1807) es más conocido por su hermoso himno Sublime gracia, sin embargo a él se atribuye también esta memorable frase: “No soy el hombre que debería ser, ni el hombre que quisiera ser, ni el hombre que espero ser; pero, por la gracia de Dios, ya no soy el hombre que era antes”.

Newton fue un capitán inglés de un barco de esclavos que se convirtió a la fe cristiana durante una severa tormenta en alta mar. Pasó el resto de su vida como clérigo, luchó por la abolición de la esclavitud y compuso himnos. Tal vez algunos de nosotros no hayamos sido tan “grandes pecadores” como lo fue Newton antes de convertirnos a Cristo, pero sin duda todos podemos declarar lo mismo: Ya no soy la persona que era antes.

El apóstol Pablo se refirió a la certeza de nuestra transformación personal en Filipenses 1.6, donde escribió:
“Estoy convencido de esto: el que comenzó tan buena obra en ustedes la irá perfeccionando hasta el día de Cristo Jesús”. 
Esa es nuestra gran esperanza: que Dios sigue trabajando en nosotros para que un día seamos las personas que deberíamos, quisiéramos y esperamos ser.

Lo que da forma a la identidad 

El cambio de vida que Dios produce por el evangelio es un proceso, en algunos casos más rápido y más notable que en otros, pero en definitiva es un proceso que dura toda la vida. Y para comprender mejor este proceso de transformación en nuestras propias vidas, necesitamos tener un entendimiento básico de lo que da forma a nuestra identidad.

Para ello, vamos considerar tres factores fundamentales que influyen en la formación de la identidad personal: (1) el temperamento con que nacemos, (2) las experiencias que vivimos, y (3) las elecciones que tomamos en la vida. Dios debe y quiere trabajar en cada uno de estos aspectos, para transformar nuestro carácter, nuestra historia, nuestra voluntad.

1. El temperamento 

El temperamento es el rasgo único y característico de nuestra personalidad y está determinado por factores genéticos. Existen básicamente cuatro modelos temperamentales, que comúnmente se conocen como el sanguíneo, el colérico, el flemático y el melancólico. Ninguno es el modelo perfecto, sino que más bien cada uno presenta fortalezas y debilidades propias.

Debemos señalar que ninguna persona posee alguno de los temperamentos en estado puro, sino que más bien poseemos una combinación única de los cuatro temperamentos. Entonces, ¿cuál es mi temperamento? En cada combinación particular, uno de los modelos temperamentales será el más dominante, y este constituye el temperamento de la persona.

Es importante conocer nuestro propio temperamento, para reconocer mejor nuestras fortalezas y debilidades. De esta manera podremos comprender por qué reaccionamos como normalmente lo hacemos, y podremos trabajar en ello con el Señor, de manera que nuestro carácter se torne cada vez más como el suyo.

2. Las experiencias 

En nuestro proceso de transformación como creyentes, necesitaremos trabajar con el Señor algunas experiencias del pasado. Si bien el perdón de nuestros pecados y la adopción como hijos de Dios son instantáneos, en el momento en que nos arrepentimos y confiamos en el Señor Jesucristo, la superación de la culpabilidad, de algunas heridas o ciertas costumbres pecaminosas, puede tomar algo de tiempo.

Los teólogos nos han hecho un gran favor al ayudarnos a distinguir entre nuestra santificación “posicional” y la “progresiva”. La primera se refiere al hecho de que por estar “en Cristo” por la fe, en Él somos hechos santos de una vez y para siempre —esta es nuestra posición como santificados (1 Co 6.11). La segunda se refiere al hecho de que Dios nos vuelve, en la vida práctica, cada vez más santos como Cristo —progresamos gradualmente en santidad (2 Co 7.1).

De manera que, a fin de seguir progresando en la vida de santidad, será ineludible en determinados momentos tener que enfrentar aspectos de nuestra vida pasada. La gracia de Dios será suficiente, tanto para erradicar los efectos de algunas experiencias como para hacernos capaces de sobrellevar otros.

3. Las decisiones

Nuestra vida hoy es en gran medida una consecuencia de las decisiones que tomamos ayer, y sin duda las decisiones que estemos tomando en el presente moldearán nuestro futuro. Las decisiones tienen consecuencias, para bien o para mal.

Una parte fundamental de nuestro caminar con Cristo es aprender a tomar decisiones correctas, orientados por su voluntad revelada en las Escrituras.

¿Por qué estamos hablando de las decisiones en último lugar, si son tan significativas en el curso que toman nuestras vidas? Porque por debajo de ellas, aunque no nos demos cuenta, nuestro temperamento y nuestras experiencias pasadas están jugando un papel sumamente importante. Por este motivo, necesitamos ser conscientes de los tres niveles, y permitir en los tres niveles trabajar al Señor.

Dios completará su obra

No se desanime en el proceso de la transformación. Dios ha comenzado la buena obra en usted, y no la dejará a medio terminar. ¡Él será fiel en completarla!

Fuentes: 
ReflexionesParaVivir.com. En línea: bit.ly/ref-newton
S. Ferguson. La imitación de Cristo: El mensaje de Filipenses.
Peregrino. W. Grudem. Teología sistemática. Vida.


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