Logra la paz en tu entorno

Cómo promover la paz en un mundo de conflictos  Al ver o leer las noticias, sea a nivel local o ...

Cómo promover la paz en un mundo de conflictos 

Al ver o leer las noticias, sea a nivel local o internacional, que nos informan sobre guerras, conflictos y problemas por doquier, nos damos de que la paz escasea en el mundo. Por otro lado, vemos personas y organizaciones que se dedican, por esto mismo, a trabajar por la paz en diferentes contextos. Otros, sin embargo, han llegado a concluir simplemente que la paz es una meta ilusoria, imposible de lograr. ¿Cuál es el papel que nos toca cumplir en todo esto?

Los conflictos 

Podemos definir el conflicto como una situación donde dos o más personas se encuentran enfrentadas debido a que sus intereses, valores o pensamientos sobre un asunto toman posiciones que son diferentes, o incluso opuestas. Puesto que no somos todos iguales, incluso en el seno del hogar, los conflictos son inevitables en la vida. Sin embargo, un conflicto también puede ser visto como oportunidad para el crecimiento personal y el fortalecimiento de las relaciones.

Básicamente, una situación de conflicto puede tomar tres caminos:


  1.  La lucha: Las partes en conflicto actúan defendiendo sus intereses y tratando de neutralizar o eliminar al oponente, agudizando aun más el conflicto. 
  2. El arreglo: Las partes involucradas en el conflicto intentan resolver sus diferencias mediante el diálogo, las negociaciones y los acuerdos. 
  3. La parada: Las partes enfrentadas prefieren controlar sus impulsos y renunciar a la lucha, “congelando” el conflicto en su punto actual. 

¿Cuál de los tres caminos es el correcto? Esta no es una pregunta fácil de responder. Cada camino puede ser correcto o incorrecto, dependiendo de la naturaleza del conflicto y su gravedad, los intereses que están en juego, y lo más importante, de quién se trata la persona con la que estamos en conflicto. No obstante, debemos decir que el arreglo, y no la lucha, debe ser siempre nuestra primera intención: “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres” (Ro 12.18).

Por otro lado, debemos señalar que muchas personas suelen confundir el camino de la parada con el del arreglo. Esto es especialmente peligroso en un contexto de convivencia, como la familia. Cuando los miembros de una familia optan simplemente por “congelar” sus conflictos, pensando que de esta manera los están arreglando, sin darse cuenta se exponen a que la situación eventualmente se vuelva insostenible y se convierta en una crisis.

Consejos para promover la paz 

1. Expresa tus desacuerdos con sinceridad 

Un desacuerdo no es necesariamente malo, a veces puede ser de gran ayuda. Todo depende del modo en que se exprese. En cambio, muchos problemas personales surgen de desacuerdos no expresados. Entonces, en el interior de uno, se comienza a alimentar emociones negativas, como el resentimiento, las sospechas, la frustración o el rechazo. Luego estas emociones se convierten en actitudes más visibles, como falta de cooperación, mensajes indirectos de reproche, murmuración, etc. Cuando no estés de acuerdo con algo, dilo. No consientas la opinión de los demás solo para quedar bien en el momento, porque más tarde lo vas a sufrir. Por otro lado, actúa con sabiduría, y piensa antes de expresarte; elige el momento adecuado y las palabras apropiadas. Sé honesto al expresar tu punto de vista, pero siempre exprésate con humildad y cortesía.

2. Revisa tus motivaciones 


El conflicto es como la punta de un iceberg. Por debajo están las motivaciones no percibidas que muchas veces amargan el desacuerdo saludable. Pero aun más por debajo, están las convicciones que dan forma a nuestro modo de pensar y actuar.

La próxima vez que te encuentres en una situación conflictiva, antes de actuar, hazte las siguientes preguntas:
• ¿Por qué me afecta tanto lo que ha dicho o hecho la otra persona?
• ¿Qué estoy tratando de defender realmente? ¿Valores genuinos —como la verdad y la justicia— o mi propio orgullo?
• ¿Qué resultados deseo realmente obtener al final de este problema?
• ¿Estoy viendo la situación desde la perspectiva adecuada, o podría estar equivocado?
• ¿Podría estar juzgando mal las intenciones de la otra persona? ¿Espero de ella lo mejor o lo peor?  

3. Presta atención a las señales 

Santiago nos enseña en su carta que nuestros conflictos interpersonales se originan en las emociones y deseos egoístas. “¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (Stg 4.1-3).

Poco antes había mencionado los “celos amargos y contención” en el corazón (3.14), que provocan, decía, “perturbación y toda obra perversa” (v. 16), y presentaba como remedio para combatir estos males “la sabiduría que es de lo alto”, la que describe como “primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía. Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz” (vv. 17-18).

Cuando aparecen en nuestro corazón emociones negativas como los celos, la envidia, el orgullo herido, las ambiciones egoístas o la ira, debemos considerarlos como luces amarillas intermitentes en nuestro camino, que nos indican “¡Cuidado! ¡Peligro! ¡Esté listo para detenerse!” La sabiduría de lo alto, la que proviene de una comunión estrecha con el Dios de paz, es la clave que nos ayuda a controlar nuestros apetitos pecaminosos y actuar con la precaución necesaria. El libro de Proverbios advierte: “Como ciudad derribada y sin muro es el hombre cuyo espíritu no tiene rienda” (Pr 25.28).

4. Encárgate de tu parte en el conflicto 

Dios no espera que seamos pasivos ante el conflicto, sino mas bien que los afrontemos con amabilidad y compromiso. Muchos conflictos que pudieron haberse resuelto en las primeras etapas, llegan a complicarse sencillamente porque una de las partes —o ambas— abandona su propia responsabilidad en el asunto. No puedes esperar que la otra persona se haga cargo de tu parte en el conflicto.

Recuerda el peligro de confundir el camino de la parada con el del arreglo. Cuando optas simplemente por “congelar” el conflicto, realmente no lo estás arreglando. Si te cuesta mucho confrontar las situaciones difíciles, puedes buscar ayuda, pero no evadas tu responsabilidad. Para cobrar ánimo, ¡ten presente que por lo menos el 50% de la solución está en tus manos!

5. Cree en el poder del evangelio 

Por último, debemos decir que la paz no puede obligarse; convertir la paz en un reglamento a seguir no da paz a nuestros corazones. La paz interior proviene de conocer a Cristo, el “Príncipe de paz” (Is 9.6). Promover la paz, en su expresión más completa, es promover el mensaje de la salvación gratuita que Dios ofrece a través de Su Hijo Jesucristo a pecadores que están en conflicto con Él y unos con otros. Este mensaje es el “evangelio de la paz” (Hch 10.36; Ef 6.15).

Mediante la obra redentora de Jesús, Dios ha realizado el sacrificio necesario para restaurar a los hombres al orden de completa armonía. “Y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Col 1.20). Solo el evangelio de Jesucristo provee una esperanza para el trabajo por la paz en el mundo. En relación con este hecho y el compromiso cristiano con la paz, el reconocido conferencista Dudley Hall ha dicho:

“Jesús enseñó que sus discípulos debían orar: ‘Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra’. La misma paz que existe en el cielo, donde el orden de Dios es plenamente abrazado, es la que Jesús nos trajo. Es paz en el interior y paz en lo exterior. Puede traerle orden a una vida, un matrimonio, una compañía, una iglesia, un país, o a un mundo. No podemos darnos el lujo de abandonar el mundo en el que Jesús derramó su sangre para reconciliación.”

Una invitación final 
Tal vez cada uno de nosotros no podamos eliminar todos los conflictos humanos y conseguir la paz mundial, pero eso no nos quita la posibilidad de promover la paz y ocasionar un cambio significativo en nuestro propio entorno. Y en esto hay una bienaventuranza: “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt 5.9). Cada uno de nosotros puede, con la ayuda de Dios, ser la persona clave para una transformación positiva de las relaciones en el lugar donde nos toca vivir.

Fuentes: 

• Dudley Hall. Paz por la sangre. En línea: bit.ly/pazporlasangre
• José Abraham De Jesús-Rivera. Resolución de conflictos. En línea: bit.ly/res-conflictos
• Martin R. De Haan II. ¿Cómo podemos resolver nuestras diferencias? RBC Ministries.

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  1. Anónimo27/1/16

    Son muy Buenos consejos, solo que a los primero les falta la base biblica :)

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