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¿Qué tienes en tu mano?

Cuando dirijo esta pregunta a jóvenes en distintos lugares, casi siempre encuentro las mismas res...

Cuando dirijo esta pregunta a jóvenes en distintos lugares, casi siempre encuentro las mismas respuestas.
La pregunta es la siguiente: ¿qué episodios de la vida de Moisés se vienen a tu cabeza cuando escuchas el nombre del gran libertador: Moisés?
Casi siempre su imaginación queda atrapada con los retratos de las típicas películas de Semana Santa, en las que se les muestra a un Moisés que está siempre haciendo algún portento, que en ocasiones está haciendo las diez señales en Egipto o abriendo el mar rojo, o guiando todo un pueblo hacia la libertad.

 Y aunque está bien, muy pocos recuerdan algunas de estas ya hasta olvidadas líneas de la Biblia. 

“1 Entonces respondió Moisés y dijo: --¿Y si ellos no me creen ni escuchan mi voz, sino que dicen: ‘No se te ha aparecido Jehovah’?
2 Jehovah le preguntó: --¿Qué es eso que tienes en tu mano? El respondió: --Una vara.” (Éxodo 4.1-2).
En este pasaje nos encontramos con un Moisés frágil de carne y hueso, que tenÍa miedos, dudas y que tendía a concentrarse en sus debilidades, o en la altura de los desafíos que tenía por delante.
Le era casi imposible pensar si tenía algo en sus manos que podía ser utilizado por Dios, para enfrentar los desafíos que concernían a él y a sus pares.
Dios lo sorprende al hacerle la gran pregunta --¿Qué es eso que tienes en tu mano? A lo que él responde: Una vara.
Pareciera que simplemente es una vara, es ese un instrumento pastoril con el que trabajaba arduamente y con el cual pastoreaba las ovejas de su suegro en el desierto.
Pero la verdad es que si ponemos atención en el contexto donde ocurren los hechos, y en la historia del hombre en cuestión, nos daremos cuenta que esta vara representaba algo más, mostraba los cuarenta años que había pasado en el desierto en su destierro del glorioso Egipto trabajando como pastor de ovejas, representaba aquella escuela en la cual Dios lo había introducido hacía ya cuatro décadas.
Su carácter había sido forjado a la luz de aquel olvidado desierto, había aprendido mansedumbre, templanza, dominio propio y otras virtudes no muy renombradas hoy ciertamente.
Fue detrás de las ovejas y con la arena hasta las orejas donde su carácter se ciñó a la altura de lo que Dios buscaba para apacentar y conducir con aquella vara todo un pueblo de la esclavitud a la libertad.
Así que cuando pienses en todos los retos que debes de emprender ya sea en tu escuela, en tu familia, iglesia o cualquier lugar, recuerda la vida de Moisés. Y piensa que las situaciones más complejas de tu pasado podrán ser utilizadas por Dios para cumplir su propósito en ti y en la vida de los demás.
Por Andrés Corrales. Publicado en www.especialidadesjuveniles.com

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