Hay esperanza para el adicto

Catalogada como una enfermedad, la adicción es una sola, lo que puede variar es el objeto, sustancia o elemento a lo que uno puede ser adicto.

Como toda enfermedad, si no es tratada a tiempo y en forma, puede tener consecuencias a nivel mental, físico y social.  En este sentido, el apoyo familiar y una terapia guiada por profesionales pueden resultar efectivos. Por lo tanto sí, definitivamente, hay esperanza para el adicto, pero esta salida exige sacrificio.

Marcelo Duarte López, (30 años) un joven estudiante universitario de teología y publicidad, cuenta que
cuando tuvo que decidir sobre su futuro profesional, su vida no estaba en orden. Desde muy joven empezó a experimentar con el mundo de las drogas. Afirma que nadie le obligó a nada, pero que en algún momento, por razones que no justifican sus acciones, tomó la decisión de dejarse llevar por sus impulsos juveniles y se negó a considerar las consecuencias que a la larga le pasarían la factura.

La misericordia de Jesucristo permitió que familiares y otras personas propicias e idóneas no perdieran la esperanza con él. Con dolor y tremendo sufrimiento, pudo reconocer su condición de adicción y decidió cambiar su dependencia de los narcóticos a la dependencia absoluta del Señor de señores.

Hoy, al reflexionar sobre los años que desperdició inmerso en las adicciones, recalca con seriedad que nadie se vuelve adicto de la noche a la mañana. Afirma que la persona no decide volverse drogadicta y renunciar a sus sueños, así de repente, pues el adicto accede a las drogas como consecuencia de un proceso que no nace con la adicción. Esta es la consecuencia de una serie de factores deteriorados en su vida, no es la causa.

Mucha gente ataca el problema de las drogas como la causa de los males sociales, sin embargo, las razones primarias que llevan a una señorita o a un joven lleno de sueños, a depender de las drogas para satisfacer su vacío, son otras, con raíces muy profundas.

El factor familiar, escolar, económico; la influencia de los medios de comunicación, la carencia de valores en los adultos, la ausencia de liderazgo moral, entre otros, predisponen a que muchos escojan el placer momentáneo y se desmotiven por luchar tras sus sueños.

Actualmente Marcelo trabaja en su iglesia local con un ministerio que busca ayudar a los que como él, tomaron malas decisiones en el pasado y luchan por salirse de las cadenas de la adicción. Proclama que hay esperanza incluso para la situación más complicada relacionada con las adicciones. El amor incondicional de los familiares y amigos cercanos al adicto son los únicos soportes terrenales que pueden apuntalar la recuperación y restauración integral de quien ha caído en las drogas e intenta con un corazón sincero liberarse de esta esclavitud.

Según Marcelo, difícilmente alguien empieza una adicción con las drogas más fuertes. Es un camino a la destrucción que por lo general tiene varias etapas, algunas más rápidas que otras. Pero lo importante y alarmante es que en casi todos los casos, se empieza con las drogas legales. De un cigarrillo a otro y de una bebida a otra. Luego se conjugan situaciones, lugares y “amistades” que son el caldo de cultivo perfecto para pasar de una adicción “legal” a la prohibida.

Convivir con una persona adicta no es fácil. La recuperación la confianza en una persona que ya mintió, robó, manipuló o prometió innumerables veces que “nunca más lo volvería a hacer” y lo único que logra es decepcionar a su entorno, no es algo que se pueda sobrellevar ligeramente. Por ello, la ayuda sobrenatural del poder divino es la única herramienta que garantiza la asistencia en los momentos de crisis.

Marcelo nos abre su corazón al contarnos que a pesar de la deplorable situación en la que se encontraba como consecuencia del deterioro físico y mental producido por su adicción, Dios tuvo misericordia de él. Puso a personas claves que pudieron ofrecerle apoyo incondicional –y en ese aspecto recalca que la familia fue lo más importante. Una recomendación sincera y basada en su experiencia es que al enterarnos de que un amigo o miembro de la familia está con problemas de adicción, lo último que debemos hacer es increpar o juzgar al adicto. Esta actitud no contribuye a la recuperación.

Mantener abierta la vía de comunicación y estar dispuestos a ofrecer apoyo pese a la decepción, ayudará notablemente a sobrellevar esta carga pesada llamada Adicción. Hay esperanza para el adicto, pero debe reconocer su necesidad. Una vez reconocida la adición y la necesidad de buscar ayuda, el siguiente paso necesariamente conduce a tocar puertas. Si el adicto pertenece a una iglesia o la frecuenta, lo ideal es recurrir a los líderes inmediatos. Si es estudiante, las autoridades de su institución deben ser prudentemente informadas y estar dispuestas a colaborar en la medida de las posibilidades con la familia y el mismo adicto.

El orgullo no conduce a ninguna salida. Humillarse es también pedir y buscar asistencia. Los líderes de iglesias deben reaccionar de manera proactiva y buscar asistencia práctica y ofrecer contención.

El problema superficial es la adicción expuesta, pero no debemos olvidar que es solo el síntoma. Las causas reales de esa condición deben ser tratadas de manera integral, con discernimiento espiritual, compasión y amor incondicional a la persona adicta, manteniendo la convicción de que para Dios no existen las causas perdidas y este problema, definitivamente, tiene solución.

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