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El enojo, ¿qué consecuencias trae?

El enojo es un sentimiento que surge en todas las personas, sin importar la edad. Ocurre normalmente...

El enojo es un sentimiento que surge en todas las personas, sin importar la edad. Ocurre normalmente cuando la persona se siente amenazada u ofendida, frustrada o equivocada; trayendo como consecuencia la ruptura de una amistad, peleas, separación. Ocasiona mucha agitación en nuestro cuerpo, y se manifiesta en reacciones físicas o insultos verbales, como también expresándolo de manera sarcástica.

Sabemos que no es fácil llevarse bien con personas que son hostiles, que son rápidas en enojarse cuando uno no le complace o no le da el gusto.
Generalmente, esas personas tienen muchos roces: en su matrimonio y familiares. En la iglesia tienden a descomponer el plan de acción, ya que desean que sus opiniones sean respetadas y así conseguir atraer la atención de todos. La raíz de un sentimiento de hostilidad se produce principalmente en su infancia; conforme a cómo fue su relación con sus padres, se fue desarrollando un sentimiento de inseguridad. Luego, a consecuencia de ello, la persona procura protegerse, ya que tiene un bajo concepto de sí misma. Utiliza entonces el enojo como mecanismo de defensa, atacando al prójimo.
El autor Jorge León explica que en Efesios 4.25 el apóstol Pablo nos da tres principios guías ante el enojo:
1) No acumulemos la ira ni la guardemos para mañana, para seguir acumulándola;
2) no neguemos la realidad de que estamos enojados: no es pecado enojarse, y
3) desahoguemos nuestra ira de una manera cristiana. Un cristiano construye, no destruye. Si seguimos fielmente estos principios paulinos, seremos capaces de controlar la ira.
El autor Pablo Hoff nos da una respuesta que nos ayudará a enfrentar este sentimiento para crear buenas relaciones con los que están a nuestro alrededor. ¿Cómo podemos dominar nuestro enojo? Es necesario que hagamos dos cosas básicas. En primer lugar, reconocer que existe y, en segundo lugar, comprender que no es malo en sí mismo. Analice los motivos del enojo: ¿Fue causado por la maldad de otras personas o es meramente la manifestación de nuestra carnalidad? ¿Realmente alguien nos ha privado de algo que nos corresponde?
Gary Collins nos dice que cuando nos enojamos aumenta nuestra presión sanguínea, el corazón palpita más rápido, circula más adrenalina en el torrente sanguíneo, los músculos se tensan y la digestión se hace más lenta. Es por eso que se ven afectadas las personas que mantienen prolongados estados de ira, por la presión sanguínea alta, ataques cardiacos, problemas digestivos y dolores musculares.
En conclusión, enojarse no es un pecado en sí mismo, pero puede ser destructivo si uno se deja dominar por este sentimiento. Es aconsejable expresar a la persona que se ofende, con el propósito de aclarar la situación, y esto debe ser llevado a cabo con autocontrol.
Los esposos deben atacar el problema y no atacar a su cónyuge. Por último, como creyentes, se debe perdonar al ofensor y buscar la liberación de todo rencor y amargura. La voluntad de Dios es que nos perdonemos y estemos en paz con todos, con el fin de lograr una armoniosa relación con todos los que nos rodean, disfrutando de esa manera de buena salud emocional, física y mental.

Fuentes
- Clyde M. Narramore. Enciclopedia de problemas sicológicos. Editorial Unilit
- Pablo Hoff. El Pastor como Consejero. Editorial Vida
- Jorge A. León. Psicología Pastoral para todos los cristianos. Ediciones Cairos
- Gary Collins. Consejería Cristiana Efectiva. Editorial Portavoz

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