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Los pastores, así como los entrenadores, deben conocer el arte de motivar

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Jesús fue un motivador excepcional. Jesús actuó, habló y estableció principios para animar a las personas a avanzar, a alcanzar lo más alto y a hacer más de lo que jamás habrían hecho por su propia cuenta e iniciativa. El sabía cómo ayudar a la gente a salir de su mundo normal y vivir algo nuevo, algo extraordinario. Jesús nos demostró como motivó a las personas a seguirle, a levantarse, a tener fe, a ser valiente y a arrepentirse:


- En Mateo 19:21 Jesús invita a seguirle: “Jesús le dijo: Si quieres ser perfecto, vende todo lo que tienes y da el dinero a los pobres. Así, Dios te dará un gran premio en el cielo. Luego ven y conviértete en uno de mis seguidores”.
- En Juan 5 Jesús motiva a un paralítico a levantarse y caminar: “Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando el agua se remueve. Cada vez que trato de meterme, alguien lo hace primero. Jesús le dijo: Levántate, alza tu camilla y camina”.
- En Juan 14 Jesús motiva a sus discípulos a tener fé: “Poco después, Jesús les dijo a sus discípulos: No se preocupen. Confíen en Dios y confíen también en mí.”
- En Juan 16,33 Jesús motiva nuevamente a sus discípulos a tener valor: “Les digo estas cosas para que estén unidos a mí y así sean felices de verdad. Pero tengan valor: yo he vencido a los poderes que gobiernan este mundo”.
- En Marcos 1,15 Jesús invita a la gente de su tiempo a arrepentirse y seguirle: “Se ha cumplido el tiempo. El reino de Dios está cerca. ¡Arrepiéntanse y crean las buenas nuevas!”

En realidad la motivación no es nada más que animar a alguien a que proceda a hacer algo o de un determinado modo. Jesús era un maestro en animar e inspirar a la gente. Si queremos que nuestros miembros se inviertan de manera extraordinaria en la iglesia, debemos llamarlos e invitarlos ha hacer cosas extraordinarias.

El conocido motivador Dale Carnegie nos puntualiza la esencia de la motivación: “Hay sólo una manera de hacer que alguien haga algo. ¿Ha pensado en eso alguna vez? Sí, sólo una manera. Y esa es hacer que la persona desee hacerlo”.

Los mayores enemigos del hábito de motivar a la gente son:
1. La pereza: “Yo ni siquiera puedo motivarme a mi mismo; ¿cómo, entonces, voy a motivar a otros?”
2. Indiferencia: “Y luego de motivarle a alguien ¿qué?. Me quedo con el clavo.”
3. Comodidad: “Simplemente no deseo cambiar las cosas”

Querido líder o pastor, fórmese el hábito de motivar:
1. Encuentre su propia motivación en Cristo leyendo diariamente su Palabra y haciendo su voluntad.
2. Se positivo y motivador. Viva una vida que motiva a los demás a ir más alla de donde están.
3. Crea y comunique que todo es posible por medio de Dios.
4. Recuerde que el fracaso es el mejor maestro y el mejor motivador.
5. No acepte como respuesta un “así son las cosas”
6. Trabaje y realice obras con lo motivadores en su iglesia.

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